Archie y los libros antiguos

 Basado en "Tirarlos es mejor que remedarlos" (Huxley, 2005, p.65) 


El Museo Británico de Londres lleva años abandonado. Está vivo por la juventud que lo rige, pero muerto de la cultura que debe caracterizarlo. Bajo el mármol cristalino de las salas, hay un sótano. Se cae a pedazos. Tiene goteras. Archie esquiva uno a uno los cubos que entorpecen el laberinto en que se ha convertido su querido y adorado museo. Ya no mira hacia arriba. Sobre la mesa, sujeta un ejemplar de Coriolano con el antebrazo mientras introduce la aguja en el lomo. La punta entra, pero se atasca. Maldice en voz baja. Pasa el pulgar por el borde de la página. Una esquina se desprende y se pega a su piel. Archie mira el trozo pegado en su vieja e hinchada mano. Las manchas oscuras de su piel le devuelven la mirada. Con la uña despega el trozo y vuelve al libro. 

Introduce la aguja de nuevo, pero con más fuerza que antes. El hilo tensa el lomo. El papel cruje. 

—Aguanta, amigo— murmura. 

Ata el nudo con los dedos y tira del hilo para dejar el lomo terso. Archie se acerca el libro a la lupa bajo la lámpara y lo gira despacio. Sopla la portada y se levanta para buscarle un sitio en la estantería. 

El pasillo solo puede acogerle a él. Las bombillas parpadean. Al pasar inevitablemente, roza la pared con los nudillos. Las estanterías se levantan como rascacielos. Archie camina alargando la mano. Sus dedos acarician los libros uno a uno. 

—Tardaste tres días en secarte— dice en voz baja a un libro fino que se esconde entre los gruesos.—Te escondieron en una caja de herramientas y yo te encontré. 

Da unos pasos más allá, hasta una mesa baja. Encima hay un reloj con sus tripas al descubierto: ruedas, muelles, tornillos...etc. Archie se sienta. Se vuelve a acercar la lupa. Con la uña empuja una rueda. Luego, gira un diente. Coge unas pinzas. Ajusta un tornillo. Vuelve a empujar la rueda. Archie lo mira y cierra la tapa. 

A su lado, hay una radio. La pintura ya se ha borrado de las esquinas y la tela del altavoz está hundida. Gira el dial. Se oye un chasquido. 

—Vamos.— dice. 

Una voz entrecortada intenta abrirse camino entre el ruido. Archie se inclina hasta tocar la tela con la oreja. 

Un zumbido atraviesa aquel lugar desahuciado. Son las vibraciones de los altavoces de la calle. La voz se filtra por las grietas y rendijas del sótano. 

—Se comunica el fin de la transición. 

Archie se levanta y camina hacia las escaleras. 

—A partir de este momento, todo ciudadano deberá mantener el equilibrio bioquímico requerido. 

Archie apoya la mano en la barandilla mientras sube. 

—Cualquier desviación será considerada un riesgo para la estabilidad social y, por tanto, quien se oponga, pasará a ser considerado enemigo del estado. 

Se va parando en cada escalón para reponer fuerzas. 

—La sociedad es un engranaje. 

Archie se detiene en seco. Se mira las manos. Sus manchas. Y el temblor que lo delata. 

—Una pieza desgastada detiene la máquina. 

Continúa subiendo las escaleras, pese a su fatiga. 

—No lo reparen. 

Silencio. 

—Tirarlo es mejor que remendarlo. 

Baja de nuevo las escaleras y decide esperarlos. 


La claridad de la juventud es deslumbrante. Andan con pasos coordinados. Uniformes blancos con guantes en las manos, sin arrugas ni manchas. Llevan máscaras lisas. Y van cargados con atomizadores metálicos, pulidos y limpios. 

Uno de ellos se dirige a Archie. 

Baja las escaleras. Sus botas cada vez pisan más cerca. Mira el reloj diseccionado. Pasa los dedos por el lomo de un libro. El guante blanco se mancha de polvo gris. 

—¿Qué es esto? 

Abre un libro al azar. Frunce el ceño. 

—Está estropeado...como usted. 

Cierra el libro. Mira a Archie otra vez. 

—¿Por qué querría alguien tener algo así? 

Detrás de él, sus compañeros no se mueven. Sostienen los atomizadores a la altura del pecho. Archie traga la saliva y da un paso hacia el guardia. 

—No están estropeados —dice. 

El guardia no responde. 

Archie señala un libro. 

—Eso...— duda—. Son cicatrices. 

El guardia parpadea y emula una sonrisa. 

Archie baja la mano. 

—Las páginas, el lomo...todo eso. Es lo que nos ha pasado. Sin eso no nos queda nada. No sabremos de dónde vinimos. 

El guardia da un paso al frente. 

—Ni falta que hace saberlo. Eso no sirve para nada. Pero...existe una alternativa. 

Suelta una mano del atomizador y saca una frasco lleno de líquido rojo. 

—Variante A. 

Archie se aparta. 

—Equilibrio estable. Felicidad. Sin deterioro progresivo. Sin...desviaciones. 

El guardia se acerca a Archie con el frasco. 

—Paz. 

Archie baja la cabeza y la vuelve a levantar. 

—No. 

El guardia se aleja poco a poco. 

—¿No? 

—Prefiero esto...Prefiero el dolor a no recordar por qué duele —dice Archie apretando las manos. 

El frasco está ahí, quieto, imponente. 

Archie se niega de nuevo. 

—No quiero...eso. 

Los guardias inclinan sus atomizadores hacia Archie. 

Archie no retrocede. El gas le difumina la cara. Parpadea. Tose un par de veces. 

Dos manos lo sujetan por los brazos. 

—Camine. 


Sube las escaleras. La puerta deja entrar una luz cegadora. Archie entrecierra los ojos. El aire de la calle huele a plástico caliente. A unos metros cerca, un montón de libros arden dentro de un contenedor.

Los camiones esperan en doble fila con las puertas traseras abiertas. 

Una fila de ancianos caminan hacia ellos. 

Suben por la rampa. 

Uno tras otro, con las manos relajadas. 

Todos sonríen.  



Escrito por Lucía DeBrito. 




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