La partitura en mí
Lo inefable de este mundo es que nunca sabes lo que pasa pero si te paras a buscar respuestas ya te estás perdiendo algo. Pasa rápido. En el minuto y medio de una canción, visito escenas de mi vida que normalmente evito, para no caer en la sensibilidad. Es en ese minuto y medio cuando la vida me da un respiro, salgo de la rutina y entro en el inconmensurable mundo de la magia. No lo puedo ver, sólo sentir. Pertenecer me llena de orgullo, pero también me responsabiliza del impacto que mi obra puede tener en la sociedad.
Mi gran amiga la música es también, mi gran contradicción.
Me declaro creyente de su Dios, uno cuyo único deber es existir para amparar a los músicos que se han quedado sin melodías. La música tal y como yo la entiendo no se puede escuchar en cualquier lugar, se debe disponer de un lugar en el que todas las almas vibren al unísono. Pero aquí está la contradicción, mentiría si dijese que no pero yo la escucho a todas horas y en todos los espacios, sean mediocres o relevantes.
La mirada de un músico es aquella que encuentra el equilibrio entre lo que ve en la partitura y en lo que ésta le sugiere. El elemento más importante de la música clásica y por la que vela el director de una orquesta, es la partitura. Todo nace gracias a ella, es como tener la prodigiosa mente del compositor sobre un papel inquebrantable. La transfiguración de la partitura a través de los gestos al sonido es una experiencia sensitiva. Lo teórico está en el texto: objetivo, tangible y prosaico. Lo emocional en la emoción: subjetiva, inasible y poética.
Los músicos habitamos en el mundo de las emociones pero no somos más sensibles que otros profesionales. Muchas veces tenemos la impresión de que las emociones no nos pertenecen. Como si cada partitura tocase un botón en nosotros con el nombre de la emoción encima o algo por el estilo, pero no es así. La realidad es que en el mundo ordinario retenemos nuestras emociones y es en el mundo mágico cuando nos sentimos con seguridad para liberarlas. Nos pertenecen en el momento en el que las sentimos pero cuando pasa tiempo y las recreamos en una partitura dejan de pertenecernos para ser de los oyentes. Mis emociones son ese pájaro encerrado en una jaula que cuando decido liberarlo pasa a ser de alguien más, y ya no es mío, es de todos.
Ese minuto y medio puede cambiar un mal día, dibujar una sonrisa o sacar una lágrima. Las emociones se comparten y es la pasión lo que nos lleva a querer a muerte y morir queriendo.
Muchos son los artistas que a través de sus obras quieren trasmitir al oyente su dolor, pero nunca es igual. Es como una masa de arcilla que a medida que va pasando por las manos va tomando una forma diferente. La música viaja por nosotros siguiendo esa estructura, a unos les enrojece, a otros les eriza la piel. A mí me absorbe, me reconozco en ella más que mirándome a un espejo.
En un minuto y medio de canción, la partitura es un esquema que me permite cumplir mis objetivos en base a lo aprendido pero mi interpretación es lo que me da el nombre que tengo y no otro.
Escrito por Lucía DeBrito.
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